Recuerdo esa fría mañana de abril, casi puedo sentir el helado viento que soplaba en mi cara. Era temprano, me apresuré a contestar ya que supuse que nadie en su sano juicio se atrevería a despertarme si no tuviera algo urgente que decirme – cabe aclarar que había salido de pura excepción a comprar el regalo de cumpleaños de quien, en ese momento, tenía la etiqueta de “mi novio”-. Era mi hermana que para ese entonces creo que habríamos pasado como un año y medio sin siquiera dirigirnos la palabra. Es más, recuerdo que para su cumpleaños no la había saludado. Y ahí estaba, llamándome ¿Qué podría llegar a querer? Por lo general mi orgullo vale más que cualquier intriga pero en esa ocasión me ganó la curiosidad. Con un suspiro nervioso contesté.
No imaginan la escena: me paralicé en plena avenida. Nunca puedo recordar que avenida, pero les aseguro que era una de las más transitadas. Por un instante dejé de oír las bocinas, dejé caer el teléfono con mi hermana hablando y dejé que el impacto se apoderara de mi realidad. Por un momento no lo creí, supongo que en parte fue porque tengo una insostenible tendencia a pretender que las cosas malas no me pasan a mi. Sacudí la cabeza como quien vuelve de un cuelgue total. Lentamente no, pero sí tomándome mi tiempo recogí mi teléfono y sin mirar si Ana ya había colgado lo cerré calmada, me incorporé, lo guardé y seguí mi camino hacia aquel lugar de ropa tan lindo que sólo quedaba a dos cuadras de ahí.
Estaba exhausta cuando llegué a casa. Exploté en lágrimas. Aún no lo podía creer. Sé que el que las personas mueran es cosa de todos los días, más aún siendo una persona mayor. Pero llevo incorporada una estúpida inocencia que no admite la aplicación de ciertos razonamientos. Mi mamá, al igual que la mayoría de las personas que conozco ya había dejado de cumplir años hacia mucho tiempo para mí. No acepto el paso de los años sobre mis allegados, no sabría explicarles el por qué. Mamá tenia sesenta y cinco años para mí desde hacía casi diez. No fue para nadie una sorpresa lo que había pasado, sólo para mí que por alguna razón vivo encerrada en un mundo completamente personal. No piensen que soy desinteresada, sólo un poco dispersa. Hacía meses que no se encontraba bien de salud y yo creo haberla ido a ver una vez para pedirle algo de dinero. A ella no le importó, era un consentida, la menor de cinco hermanos. Ella me había tenido ya muy mayor con un hombre que no era su difunto marido, quien nunca me aceptó como hija. Más allá de las opiniones y los prejuicios mi mamá me crió con dedicación y amor de sobra. Supongo que en parte se sentía en deuda conmigo al no poder entregarme una figura paterna presente. A decir verdad creo que nunca precisé un padre, nunca me hizo falta y en parte fue por todos sus esfuerzos. Aunque en el fondo sé que pesa sobre mis hombros el haberle arruinado la vida, un embarazo no deseado a una edad no recomendable, la dedicación sobrehumana que tuvo conmigo y sepan que no lo hizo por obligación, sino por pura entrega, puro amor, devoción de una madre y mujer excepcional. Yo fui en su vida el principio del fin. Cierto es que como hija yo no retribuí lo que debía y supongo que lo más triste de eso es que me tiene sin mucho cuidado. Tan habituada estaba a tenerlo todo, a merecerlo todo que lo que más me inquietaba en ese momento era de donde iba a obtener mis ingresos económicos cuando los necesitara. No me malinterpreten, tengo mis estudios y trabajo estables, pero mis gastos personales exceden mis ingresos y mi madre había sido hasta ese momento quien me ayudaba a pagar el alquiler, la luz, el gas y ese tipo de cosas. Ella lo hacía con gusto, aunque sé que de mi parte es una actitud muy reprobable.
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